Algo para contar
Soy egresada de la UPR. En mi época, aunque no existían las facilidades arquitectónicas que hay ahora para ayudar a las personas con discapacidad, sí había una gran disponibilidad humana. La gente solía estar más dispuesta a tender una mano, acompañar o buscar soluciones creativas para apoyar a quienes lo necesitaban. Quizás no teníamos rampas o tecnología como hoy, pero el sentido de comunidad era fuerte. La solidaridad se manifestaba en gestos cotidianos: desde cargar una silla de ruedas entre varios hasta acompañar a alguien con paciencia. Eso no se ha perdido, pero era la única herramienta que teníamos.
Tuve el privilegio de tener compañeros, ciegos o parcialmente ciegos, sordos, en silla de ruedas, con hemofilia, desordenes cognitivos...
Hoy me alegra que la accesibilidad sea un derecho, pero valoro que, incluso sin ella, el corazón humano suplía muchas carencias. No quiero idealizar el pasado: sin acceso a edificios o transporte adaptado, muchas personas con discapacidad sufrían exclusión. Pero quienes podían contar con apoyo humano, vecinos, familiares, compañeros al menos tenían una red.
Hoy las rampas, los ascensores y los semáforos sonoros son un gran avance, pero en los años 60 u 80, la gente compensaba esas carencias con esfuerzo. Los maestros repetían las lecciones para los alumnos con sordera, los amigos empujaban sillas de ruedas por escalones, y los familiares cargaban a sus seres queridos si era necesario. Era otra forma de inclusión, menos sistemática pero muy humana. La discapacidad se vivía de manera más comunitaria. Si alguien no podía subir a la guagua, entre varios lo subían; si una persona no veía, otro leía en voz alta. No había leyes de inclusión, pero había una ética espontánea de ayuda. Claro, no era perfecto: faltaban derechos, pero sobraba voluntad.
Es cierto que antes la gente ayudaba más en lo cotidiano, pero eso no significaba inclusión. Una sociedad inclusiva no solo necesita buenos corazones, sino eliminar barreras para que nadie tenga que pedir favores para vivir con dignidad. Mi compañero , que usaba silla de ruedas, dependía de que los compañeros lo cargaran para moverse en la universidad. Hoy, gracias a las rampas, habría podido ser independiente. Eso es inclusión: no depender de la fuerza ajena para ser libre.
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